Mi hermano mayor nació en 1972. Cuando yo llegué al planeta, él ya tenía catorce años, así que nuestra relación fue durante mucho tiempo una de esas relaciones extrañas en las que hay poca cercanía física pero mucha influencia estructural. No convivíamos tanto: él ya estaba en otra edad, en otro idioma, en otra velocidad. Pero fue, sin proponérselo, la persona que educó buena parte de mi oído. Si me preguntaran quién moldeó mis gustos musicales, tendría que decir que fue él, con su solemnidad de hermano mayor profundamente rockero y su pedagogía involuntaria de puerta cerrada.
De mis recuerdos de infancia más borrosos está precisamente esa puerta: la de su cuarto, cerrada, y detrás la música a todo volumen. The Cure, The Outfield, Metallica, Iron Maiden, pero también Caifanes y Hombres G. Él era el único que tenía cuarto propio (el privilegio del hijo único durante diez años) y por eso ese espacio tenía algo de territorio soberano, un pequeño Estado independiente donde mandaban los discos, el desorden y la idea masculina de que la música fuerte era una forma de identidad.
Cuando él no estaba, yo entraba a husmear entre sus cassettes y luego entre sus CDs, como quien comete un delito menor pero formativo. Ahí encontré discos que hasta hoy me acompañan y que en ese momento me abrieron un universo que no se parecía a nada de lo que yo conocía. Así me pasó con “Comfort y música para volar” de Soda Stereo. Yo tendría nueve o diez años. No entendía gran cosa de lo que pasaba en el mundo, empezando por el mío, pero las cuerdas, los teclados y esas letras que se me metían al cuerpo antes de pasar por la comprensión me producían una atmósfera rarísima y perfecta. No sabía qué era un placard ni cómo alguien podía usar la cabeza como un revólver, pero entendía lo importante: había ahí una intensidad que me encontraba antes de que yo tuviera lenguaje para nombrarla.
Soda fue una de esas bandas que siempre estuvieron: una presencia constante, aunque no siempre protagónica. Más tarde, cuando fui un poco más adulta y pude fabricar por mi cuenta eso que una llama «personalidad musical» (esa ficción bastante útil de la adolescencia tardía), me alejé un poco del rock en español. Me entregué casi por completo al rock en inglés y, durante muchísimos años, Radiohead se convirtió en esa banda que no sólo me gustaba sino que yo usaba para explicarme a mí misma. Por eso mis ahorros, mis obsesiones y mi cabeza estaban puestos en la gira del “In Rainbows” mucho antes que en “Me verás volver” en 2007. Una no puede estar en todos sus destinos al mismo tiempo, y además a cierta edad todavía creemos que habrá segunda vuelta para todo.
No la hubo.
En 2014, cuando por fin desconectaron a Cerati, yo ya había reconectado con él. Bocanada, Amor amarillo y los episodios sinfónicos eran discos recurrentes en mis playlists. Como para miles, ese día fue oscuro. No sólo por la muerte en sí, sino por el tipo de injusticia estética que parecía implicar: ¿cómo era posible que alguien así muriera de una manera tan absurdamente opaca?
En 2022 conocí Buenos Aires por primera vez: la verdadera ciudad de la furia, no la de playera ni la de la canción, sino la ciudad en la que el rock argentino parece seguir filtrándose por las banquetas, por los taxis, por las voces, por esa manera tan local de llevar la nostalgia como si fuera una credencial. Ahí mi reconexión fue otra. Ya no era la niña deslumbrada por la textura, ni la adolescente que hacía jerarquías entre idiomas musicales para sentirse sofisticada. Era una adulta. Por fin entendía las letras. Y no sólo las entendía: algunas ya las había vivido. Otras, tristemente, tenían nombre y apellido. La pregunta de cómo nunca vi a Soda se volvió entonces un pensamiento persistente, de esos que no estorban pero tampoco se van.
En 2025 la vida me regresó a Buenos Aires. Recién salida de Ezeiza, en el radio del taxi anunciaban que Soda volvía: esta vez con Gustavo también, gracias a ese repertorio contemporáneo de “milagros” que consiste en resucitar muertos con tecnología y llamarle experiencia inmersiva. Una especie de placebo digital. Compré boleto, esperé y por fin llegó abril.
Podría escribir aquí varios párrafos intelectualoides para fingir que lo que viví sólo se deja pensar con teoría crítica. Podría decir, por ejemplo, que Walter Benjamin tenía razón con eso de la fantasmagoría: esa operación moderna por la cual la mercancía, el espectáculo y el deseo producen apariciones; nos venden presencia donde ya sólo hay ausencia tecnificada. Podría ponerme solemne y decir que vi a la industria cultural perfeccionar el arte de convertir la pérdida en dispositivo sensorial de alta gama. Y sí: todo eso sería cierto. Pero también sería un poco tramposo. A veces una usa a Benjamin no para pensar mejor, sino para sentirse menos ridícula por haberse conmovido frente a una pantalla.
La verdad es más simple y más incómoda: ocho días después, tras escuchar sin parar discos de Soda y de Cerati en vivo, me queda una sensación muy honda: el futuro llegó y no era esto. O peor: sí era esto. No fue un concierto. Tampoco fue una película. Fue algo más raro y más contemporáneo: un duelo colectivo perfectamente producido. Una ceremonia para todos los que llegamos tarde a la fiesta. Para quienes heredamos a Soda y luego heredamos a Gustavo. Para quienes tuvimos que construir memoria con archivos, videos, remasterizaciones, anécdotas ajenas y ese museo infinito que internet ofrece a cambio de hacernos sentir que todavía estamos a tiempo: pero no lo estamos.
Ésa era precisamente la verdad que vibraba debajo de todo. Lo que había ahí no era restitución, era fantasma. Y no lo digo en sentido cursi, sino técnico. Un fantasma no es alguien que volvió. Es alguien cuya ausencia encontró una forma de seguir organizando la presencia de los demás. Eso era Gustavo ahí: no una resurrección, sino una ausencia centralísima alrededor de la cual miles nos acomodamos para mirar, cantar, recordar y, sobre todo, comprobar que nada vuelve de verdad. La tecnología podrá hacer muchas cosas, menos abolir la temporalidad (qué descortesía de la muerte seguir arruinando el espectáculo).
Quizá por eso salí conmovida, pero no engañada. No sentí que por fin había visto a Soda. Sentí, más bien, que había asistido a la forma más cruel de aceptar que nunca lo haría. Y sin embargo valió la pena. No porque el truco venciera a la pérdida, sino porque por un momento la hizo visible, compartible, cantable. Porque a veces la tecnología no repara nada: sólo nos da una puesta en escena suficientemente hermosa para mirar de frente lo irreparable.
Con los años una entiende, con esa mezcla de simpleza y brutalidad que trae la edad, que los momentos no se repiten, que las personas tampoco, que casi toda nuestra vida afectiva consiste en aprender a perder sin terminar de perderlo todo. La muerte sigue siendo la promesa más cruel de la vida, sí, pero también su recordatorio más preciso: nada se guarda intacto, nada vuelve igual, nadie llega a tiempo a todos lados.
Y aun así, o justamente por eso, siempre es hoy.