impostora

La crueldad de exigir esperanza

Mar 27, 2026

Me atrevo a escribir esto porque el caso de eutanasia en España y, sobre todo, la reacción en redes, me tocaron una zona de la que hablo poco. No porque no exista, sino porque evito usar mi historia para legitimar lo que pienso. Pero hay temas que una no piensa desde lejos, sino desde lo que ha visto durar demasiado.

Lo que me abruma de esta conversación no es solo el horror moral con el que tanta gente reacciona ante la idea de que alguien decida morir. También me pesa la facilidad con la que se romantiza seguir viviendo, como si el simple hecho de permanecer bastara para volver digna una vida, como si querer dejar de sufrir fuera una falla del espíritu y no una posibilidad humana que también merece ser pensada sin sermón.

No me interesa generalizar decisiones tan íntimas. Justo por eso me parece violento convertir la voluntad de seguir viviendo en un mandato moral para todas las personas, como si hubiera una sola forma legítima de atravesar el dolor, como si toda vida debiera defenderse hasta el final aun cuando hace tiempo se volvió otra cosa.

Mi padre estuvo enfermo veinte años, hemipléjico, supeditado a una silla de ruedas y a la asistencia total para realizar actividades básicas. Supongo que por eso desconfío tanto de cualquier discurso que hable de la vida en abstracto, porque una enfermedad larga no le pasa solo a una persona: le pasa a una casa, a una economía, a una red de cuidados subordinada, a cuerpos cansados, a horas en hospitales, a la repetición agotadora de ver sufrir a alguien no una vez, sino durante años.

Una vida sostenida a cualquier costo nunca la sostiene solo quien la vive. La sostienen también otros cuerpos, otros tiempos, otras renuncias. Y casi nunca hablamos de eso cuando nos ponemos solemnes con la defensa de la vida.

Por eso me parece tan hipócrita la conversación pública sobre la dignidad. Se escandalizan ante la posibilidad de que alguien decida morir, pero casi nunca ante las condiciones en las que obligamos a la gente a seguir viviendo. El Estado moraliza mucho y acompaña poco. Hay licencias cuando alguien nace, pero no cuando una persona entra en el desgaste larguísimo de acompañar la muerte de sus viejos (quizá por eso me negué a ser madre y darle al sistema otro empleado o soldado, pero esa es otra conversación). Faltan servicios, apoyos, cuidados, tiempo, descanso.

En este modelo, solo los cuerpos productivos parecen merecer respaldo. Los demás quedan entregados al desgaste doméstico y al trabajo invisible de las mujeres. Y aun así se sigue repitiendo que lo correcto es vivir, como si la mera prolongación biológica bastara para absolver la precariedad en la que ocurre, como si no importara que el dolor se privatice, que el cuidado se feminice, que el deterioro quede supeditado a la capacidad de una familia de resistir material y afectivamente lo que el Estado no sostiene.

A veces me parece que lo que se defiende no es la vida, sino el miedo de los demás a confrontar la muerte, la dependencia y el vacío. Como si amar fuera retener, como si cuidar fuera impedir, como si escuchar de verdad la decisión de alguien fuera más insoportable que obligarlo a seguir para que el resto no tenga que lidiar con su propia impotencia. En mis años de terapia entendí algo que no me dio paz, pero sí cierta claridad: la vida es sufrimiento y aun así se sigue. No porque un día vaya a aparecer un gran sentido que recompense todo, ni porque el dolor ennoblezca, sino porque insistir también es una condena humana. Se sigue muchas veces sin épica, con miedo, con costumbre, con restos mínimos de deseo.

Y quizá justo por eso este tema me toca tanto, porque también sé que hay quien genuinamente no quiere seguir habitando el sinsentido y me cuesta aceptar que toda respuesta a eso tenga que ser un sermón de la esperanza o una corrección moral disfrazada de amor a la vida. No todo deseo de morir es un error que deba corregirse de inmediato. No toda voluntad de irse es cobardía, patología o fracaso moral. Hay personas para quienes el sufrimiento, la dependencia o el vacío han cruzado un umbral irreparable y me cuesta aceptar que la única respuesta socialmente legítima siga siendo imponerles esperanza desde afuera.

Defender el derecho a morir dignamente no me parece despreciar la vida. Me parece negarse a convertirla en obligación moral. Me parece admitir que hay dolores que no nos toca administrar desde afuera y que a veces insistir en la vida ajena no es cuidado, sino miedo.

Otros textos

Los domingos son para mi madre

Los domingos son para mi madre. Lo digo así, como si fuera una ley que yo misma me he impuesto. Podría escribir un texto dulzón sobre mi relación con ella; decir que, como suele pasar entre hijas y madres, ha mutado con los años pero que hoy nos encontramos desde la...

leer más

La belleza como inversión

Llevo años dándole vueltas a esta herida. Años pensando el cuerpo, la belleza, el espejo, la foto, la comparación. No como un tema secundario, sino como algo que insiste, que vuelve, que se reactiva en distintos momentos de la vida. Muchas veces pensé que en algún...

leer más