Cada cierto tiempo regresa Victoria’s Secret con una nueva campaña de limpieza moral y la promesa de que ahora sí entendieron la época. Esta vez hubo diversidad, empoderamiento, nostalgia y un sostén de 50 millones de dólares, porque aparentemente nada celebra mejor la libertad femenina que 4,410 diamantes acomodados estratégicamente sobre un par de tetas.
Después de años de críticas por promover un ideal de belleza excluyente, la marca encontró la manera de incorporar las demandas de diversidad a su espectáculo. Ahora una mujer gorda también puede ser un ángel. Por supuesto, la aparición de cuerpos históricamente excluidos de estas pasarelas tiene consecuencias para quienes crecimos aprendiendo que solo había una forma legítima de ser hermosa. Lo que me intriga es la facilidad con la que el capitalismo consigue convertir una reivindicación política en una oportunidad comercial. Nancy Fraser lleva años estudiando las contradicciones de un feminismo cuyas demandas de reconocimiento pueden convivir cómodamente con las estructuras económicas que pretendía cuestionar. Victoria’s Secret ofrece una ilustración bastante grotesca de esa convivencia: una pasarela más diversa y una fortuna en diamantes colgando del pecho de una celebridad.
John Berger explicó hace más de cincuenta años que las mujeres aprendemos a observarnos mientras somos observadas. Pienso en eso cada vez que descubro lo poco que me ha servido comprender intelectualmente los cánones de belleza para dejar de perseguirlos. Puedo detestar lo que representa Victoria’s Secret y aun así encontrarme calculando cuántas horas de ejercicio necesitaría para acercarme a alguno de esos cuerpos. La cultura contemporánea ha conseguido que esa vigilancia constante parezca una expresión de autonomía. Ahora administramos nuestros cuerpos como proyectos personales de mejora continua, con la enorme satisfacción de hacerlo por nosotras mismas.
Me resisto, sin embargo, a convertirme en la feminista insoportable que fiscaliza los deseos ajenos. Hay mujeres que disfrutan genuinamente de la lencería, el ejercicio, la seducción y las transformaciones corporales. Yo misma participo de algunas de esas prácticas con bastante entusiasmo y una conciencia política que, evidentemente, no siempre consigue ponerse de acuerdo con mis ganas. Quizá por eso me interesa tanto preguntarme cómo se construyen nuestros deseos y cuánto de lo que llamamos empoderamiento sigue dependiendo de parecernos a lo que aprendimos a admirar. La libertad de elegir tiene sus límites cuando las alternativas disponibles llevan décadas moldeadas por una industria que obtiene enormes beneficios de nuestras aspiraciones.
Y luego están las alas, que merecerían su propia investigación antropológica. Siempre me ha parecido extraordinaria la ocurrencia de convertir a las mujeres en criaturas celestiales para exhibirlas en ropa interior. Una feminidad que debe ser sexualmente deseable y, al mismo tiempo, representar alguna forma de perfección sobrehumana. Hay que admitir que la iconografía es bastante ingeniosa: hasta la hipersexualización puede adquirir cierto aire de virtud cuando viene acompañada de suficientes plumas.
En fin, el cielo se volvió incluyente. Todavía parece incapaz de imaginar una mujer que no necesite convertirse en espectáculo.