impostora

Llegar al cuarto piso

May 14, 2026

¿Alguna vez pensaste quién serías a los cuarenta? Yo no.

Escribo esto mientras espero que mi base de datos se cargue por enésima ocasión y cruzo los dedos para que esta vez no marque errores. Escucho a The Postal Service, en un acto profundamente melancólico, mientras afuera la lluvia no espera nada para caer.

En un par de días cumpliré cuarenta y hay muuucha expectativa alrededor de la fecha, preguntas sobre el festejo, sobre cómo me siento, sobre qué voy a hacer en la próxima década. Y yo, la verdad, no siento mucho, jajaja, siempre en general, pero esta vez no mucho respecto a la fecha. No porque no me importe, sino porque no llego a los cuarenta con la sensación de estar cruzando una frontera monumental. Llego más bien como he llegado a muchas cosas importantes: un poco distraída, un poco cansada, un poco agradecida.

Supongo que también tiene que ver con que nunca tuve una imagen demasiado clara de esta edad. No me recuerdo fantaseando con quién sería a los cuarenta, ni imaginando una vida específica para este momento. Mi vida adulta tuvo otro ritmo. Antes de los treinta, buena parte de mi energía estuvo puesta en cuidar a mi padre enfermo, y eso cambia la forma en que una entiende el tiempo. El futuro era algo mucho más frágil, había que vivir al día, agradecer que las cosas siguieran su curso, que nada se desbaratara de un momento a otro, que el piso siguiera ahí.

Por eso quizá me cuesta tanto pensar esta fecha como una meta. No llego con la sensación de haber cumplido o incumplido algo, llego más bien con la sorpresa un poco tonta de quien mira alrededor y dice: ah, entonces sí llegamos hasta acá.

Y creo que por eso me resulta más fácil hablar de mis treinta que ponerle expectativas a mis cuarenta. Tal vez porque todavía estoy ahí, con un pie en esa década, viéndola acabarse con una nostalgia rara. Porque uuuuf, qué década. No fue necesariamente fácil, pero sí profundamente mía. Hubo mucho trabajo emocional, mucha introspección, mucho cuestionamiento, muchas conversaciones incómodas conmigo misma, pero sobre todo hubo algo importante: empecé a dejar de actuar para cumplir con una imagen que todos querían de mí y empecé, torpemente, a preguntarme qué quería yo.

Creo que si algo me dieron mis treinta fue la posibilidad de renunciar a ciertas versiones de mí que se veían muy correctas desde afuera, pero se sentían muy agobiantes por dentro. A la idea de que mi vida tenía que avanzar en un orden específico (ya saben: el cargo directivo, el perro, el esposo ¡los hijxs!), pero también a la fantasía de que algún día iba a convertirme en una persona completamente resuelta, impecable y estable. Y qué descanso descubrir que no. Que quizá una puede vivir bastante bien sin convertirse en la versión más administrable de sí misma.

Tal vez por eso la palabra que me aparece al pensar en este momento no es expectativa, sino cosecha. Y no en un sentido grandilocuente, sino en algo más simple: mirar lo que hay. Lo que sí creció. Lo que sí sobrevivió. Lo que acompañé dudando incluso sí debía acompañarlo. Lo que sembré sin estar tan segura de que iba a llegar a algún lado. A veces una pasa tanto tiempo empujando, procesando, entendiendo, sobreviviendo, que se le olvida sentarse un rato frente a su propia vida sin convertirla en tarea pendiente.

Derek Walcott cierra ese grandísimo poema, Love after Love, diciendo: “Sit. Feast on your life.” Y un poco sí. Me conmueve pensar que tal vez eso estoy presenciando: sentarme conmigo a disfrutar y dejar de exigirme una vida perfecta. A deleitarme con lo que hay, sin convertirlo inmediatamente en un retraso, en un pendiente, en un área de oportunidad.

Ojalá mis cuarenta sean suaves. Ojalá sean luminosos. Ojalá tengan viajes, conversaciones largas, menos drama, más disfrute, más cuerpo, más mesa. Ojalá pueda quedarme un rato en lo que he sembrado sin sentir que tendría que estar corriendo hacia otra parte y ojalá dentro de diez años pueda mirar otra vez hacia atrás y decir que seguí viviendo tiempo de cosecha.

Otros textos

Siempre llegamos tarde

Mi hermano mayor nació en 1972. Cuando yo llegué al planeta, él ya tenía catorce años, así que nuestra relación fue durante mucho tiempo una de esas relaciones extrañas en las que hay poca cercanía física pero mucha influencia estructural. No convivíamos tanto: él ya...

leer más

La crueldad de exigir esperanza

Me atrevo a escribir esto porque el caso de eutanasia en España y, sobre todo, la reacción en redes, me tocaron una zona de la que hablo poco. No porque no exista, sino porque evito usar mi historia para legitimar lo que pienso. Pero hay temas que una no piensa desde...

leer más

Los domingos son para mi madre

Los domingos son para mi madre. Lo digo así, como si fuera una ley que yo misma me he impuesto. Podría escribir un texto dulzón sobre mi relación con ella; decir que, como suele pasar entre hijas y madres, ha mutado con los años pero que hoy nos encontramos desde la...

leer más