impostora

Los domingos son para mi madre

Feb 24, 2026

Los domingos son para mi madre. Lo digo así, como si fuera una ley que yo misma me he impuesto.

Podría escribir un texto dulzón sobre mi relación con ella; decir que, como suele pasar entre hijas y madres, ha mutado con los años pero que hoy nos encontramos desde la adultez, yo reconociéndome mujer frente a otra mujer, ella aceptando que mi vida, con sus elecciones, sus manías y sus errores, son en gran medida resultado de su crianza. Y algo de eso es cierto. Pero la transformación no fue suave ni natural; fue más vertiginosa de lo que me gustaría admitir.

Cuando hago el recuento veo con agradecimiento que ahora nuestra relación se parece más a una amistad que a una interacción marcada por jerarquías. Sin embargo, llegar ahí implicó movimientos incómodos. Me fui de su casa tarde, para el promedio esperado. A los 26 o 27 hice un primer intento bastante fallido: pagué durante meses, si no es que años, la renta de un departamento hermoso en la colonia Álamos, un lugar que casi no habité, como si ensayar la separación fuera suficiente.

En ese mismo departamento llegó la llamada terrible: mi padre había muerto. Ese quiebre aceleró todo. Decidí irme definitivamente. Yo sabía que ella se quedaría sola, pero yo también necesitaba quedarme sola. Suena cruel, y quizá lo fue, porque ella lo vivió como abandono pero para mí era la única manera de no quedarme detenida en un lugar que ya no me correspondía.

Los meses siguientes fueron ásperos. Yo defendiendo mi decisión con culpa y determinación, ella viviendo mi partida como una traición íntima. Ahí entendí algo incómodo: separarse nunca es un gesto limpio, siempre deja herida. La madre no es solo quien te dio la vida, también es el primer territorio del que tienes que exiliarte para existir por tu cuenta.

Tal vez por eso, tiempo después, decidí algo pequeño pero constante: los domingos serían para ella. Al principio fue culpa. Luego entendí que también era deseo.

Desde entonces los domingos paso casi todo el día con ella, sin cambios, como rutina permanente. Hay domingos, por supuesto, en que muero de flojera; otros en los que preferiría quedarme abrazada a R viendo películas y no saliendo de la cama. De hecho, cuando me mudé con él, fue el único punto no negociable que puse sobre la mesa: “los domingos son para mi mamá”. R, amorosísimo como siempre, nunca lo cuestionó; entendió de inmediato que no era un capricho, sino un rito, uno de esos que necesitaba sostener para habitar mi vida como la necesitaba.

Con el tiempo entendí que ese gesto tenía sentido por otra razón. En la vida cotidiana la madre es alguien que espera, y esa espera organiza el tiempo. Mis domingos tienen esa forma. No por obligación, sino porque elegir verla cada semana es mi manera de no convertir la distancia en ruptura.

A veces pienso en mis amigas que no tienen a sus mamás en la misma ciudad y entonces lo que empezó como una reparación se siente más bien como un privilegio. Comer juntas, discutir por tonterías, escuchar la misma anécdota por quinta vez.

Y, sin embargo, hay algo que aparece de manera constante y recurrente: la conciencia de que esto terminará pronto. Probablemente en unos años ya no haya domingos para mi mamá porque ella ya no estará en este plano. Pensarlo me entristece sin dramatismo, pero con un peso profundo. Me pregunto cómo se habitan los domingos cuando la madre ya no está, qué se hace con ese espacio que fue ritual y luego se vuelve ausencia.

Supongo que se reconfiguran. Tendré domingos completos con R, con la familia que estoy construyendo. Pero sé que extrañaré esa cita inamovible, esa pequeña obligación amorosa que me recordaba de dónde vengo. Las relaciones con las madres, histéricas, intensas, hermosas, no se resuelven del todo; se ajustan, se negocian, se vuelven a intentar.

Los domingos son mi forma de decir que me fui y, aun así, sigo siendo hija (su hija).
Y mientras pueda, habrá domingo para ella.

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