Este año cumpliría doce años en psicoanálisis; doce años alcanzan para que el dispositivo deje de ser una experiencia puntual y se convierta en una época de la vida. Llegué después de un quiebre, como se llega casi siempre, aunque el mío no fue un derrumbe espectacular sino algo más silencioso: la sensación persistente de que el relato que me había contado durante años empezaba a deshacerse, de que lo que decía de mí —quién era, qué quería, por qué hacía lo que hacía— ya no terminaba de sostenerme. Había dolor, y se notaba; no era discreto ni elegante. Mi historia había perdido consistencia y yo estaba profundamente confundida, atrapada en una versión de mí que ya no funcionaba.
Nunca consideré otra cosa que no fuera el psicoanálisis, no por superioridad moral ni por pose intelectual —aunque quizá un poco sí— sino porque intuía que mi problema no era de conducta. Funcionaba con una normalidad aceptable: trabajaba, cumplía, amaba, incluso pensaba con cierta claridad; lo que no entendía era por qué mi sufrimiento tenía esa forma específica, por qué, aunque cambiaran los escenarios, se repetían ciertas escenas, por qué el abandono conservaba siempre el mismo tono y la misma herida aunque la voz del otro fuera distinta, por qué el amor se me volvía deuda y la angustia aparecía justo cuando algo parecía estabilizarse. No se trataba de una colección de accidentes sino de una arquitectura, de una gramática subterránea que organizaba mis elecciones sin que yo lo supiera.
Eso fue lo que el psicoanálisis me ofreció: no la promesa de felicidad sino la posibilidad de leer esa gramática.
Freud habló de la compulsión a la repetición, de esa tendencia a volver una y otra vez a lo mismo incluso cuando duele; Lacan llevó la idea hacia un lugar más incómodo al afirmar que en esa repetición hay un modo singular de goce, no como alegría sino como fijación, como una satisfacción opaca que se infiltra incluso en lo que hiere. El síntoma no es solo aquello que molesta, también es lo que organiza, y cuando entendí esto —no como teoría aprendida sino al escucharme durante años narrar variaciones del mismo conflicto— algo se desplazó: empecé a sospechar que mi dolor no era puro azar ni destino sino una construcción inconsciente dotada de cierta coherencia.
Por eso el diván, que no es un fetiche freudiano ni un gesto teatral sino un artificio preciso; al retirar la mirada del analista la escena se transforma y una deja de hablar para ser comprendida y empieza a hablar para escucharse. En ese movimiento aparece algo inquietante: descubres que no sabes del todo lo que dices hasta que lo dices, que una palabra arrastra otra, que un lapsus abre una asociación que no estaba prevista, que una frase aparentemente banal regresa sesión tras sesión como si tuviera insistencia propia. El inconsciente deja de ser una metáfora y se manifiesta como algo que habla mientras tú crees estar hablando.
Ahí comenzó para mí la experiencia más desestabilizadora del análisis: la división. Durante años me pensé como una persona coherente, con ideas claras, argumentos y una narrativa sólida sobre quién era; me reconocía en esa imagen de lucidez y conciencia, aunque mi vida no siempre confirmaba ese retrato. Afirmaba buscar estabilidad y elegía indisponibilidad; sostenía que algo ya no me importaba y el cuerpo se tensaba ante una sola notificación; creía haber comprendido una historia y la repetía bajo otro nombre. La distancia entre mi discurso y mis actos no podía reducirse a simple inconsistencia.
Freud lo expresó con crudeza al decir que el yo no es amo en su propia casa; Lacan sostuvo que el sujeto está estructuralmente dividido por el lenguaje, que en el momento en que decimos “yo” nos representamos a través de palabras que nunca logran abarcar todo lo que nos mueve. Siempre queda un resto, algo que insiste más allá del relato consciente; esa falta de coincidencia no es un accidente sino una condición.
En el análisis esa fisura se vuelve audible y empieza a percibirse el desfase entre lo que se dice querer y aquello hacia lo que efectivamente se orienta el deseo, entre la imagen que se sostiene y la escena que se repite. Lo más incómodo no es descubrir un error sino aceptar que no habrá coincidencia plena; la coherencia absoluta pertenece al orden de la fantasía y la división forma parte de la estructura.
Asumirlo fue uno de los momentos más exigentes y, al mismo tiempo, más liberadores del proceso; implicó renunciar a la ilusión de que, si me analizaba lo suficiente, todas mis partes terminarían alineándose en una identidad transparente. Lo que ocurrió fue más sobrio: aprendí a distinguir cuándo hablaba mi defensa y cuándo se asomaba mi deseo; no siempre actúo de manera distinta, pero ya no me sorprende tanto mi propia contradicción, y esa disminución del asombro reduce la angustia.
El análisis también me llevó a confrontar una cuestión más delicada: cuánto de mi deseo estaba organizado en torno al deseo del Otro, cuánto había en mí de necesidad de ser elegida, de ser necesaria, de ser mirada de determinada manera. Cuando el reconocimiento se convierte en brújula, la vida adopta la forma de una negociación constante con la mirada ajena y ningún reconocimiento resulta suficiente, porque la falta que se intenta colmar no es meramente biográfica sino estructural; ningún amor puede completarla, y comprenderlo no deprime sino que alivia una exigencia imposible.
Vaciarse, entonces, no significó perder identidad sino desprenderse de identificaciones rígidas —la que siempre puede, la que entiende todo, la que sostiene— y cuando esas máscaras comenzaron a resquebrajarse apareció un vacío inquietante: ¿quién soy si no soy eso? Ese vacío no equivalía a la depresión sino a un espacio abierto, menos gobernado por el mandato, y aprender a tolerarlo formó parte esencial del trabajo.
Con el tiempo entendí que hablar no basta si no se está dispuesta a introducir algún acto diferente; regular el cuerpo, ensayar límites, modificar hábitos se volvió necesario. El análisis no compite con esas prácticas, las vuelve posibles, porque cuando se advierte algo de la propia estructura los actos dejan de ser pura reacción y adquieren otra dirección.
El final llegó sin estridencia, no como iluminación ni escena solemne sino como un desplazamiento gradual; las sesiones dejaron de abrir preguntas nuevas y comenzaron a reiterar interrogantes que yo misma podía sostener, y la transferencia con mi analista perdió intensidad no porque ella supiera menos sino porque yo necesitaba menos ese lugar.
Comprendí entonces que concluir un análisis no implica eliminar el síntoma ni alcanzar una coherencia definitiva; implica poder hacer algo con la propia división sin delegar en otro la tarea de ordenarla, aceptar que no se es completamente transparente para una misma y, aun así, asumir la responsabilidad de elegir. La opacidad deja de vivirse como defecto y se reconoce como parte de la condición humana.
Si estás pensando en ir a psicoanálisis, quizá convenga saber que no se trata de encontrar una esencia pura ni de optimizarte, sino de interrogar la forma singular que adopta tu sufrimiento y de soportar la incomodidad de escucharte sin garantías de coherencia; no saldrás siendo otra persona, sino menos ingenua frente a tus propias ficciones, y a veces eso basta para cambiar una vida.