Llevo años dándole vueltas a esta herida. Años pensando el cuerpo, la belleza, el espejo, la foto, la comparación. No como un tema secundario, sino como algo que insiste, que vuelve, que se reactiva en distintos momentos de la vida. Muchas veces pensé que en algún punto se iba a resolver solo, que en mis fantasías más optimistas llegaría el día en que dejaría de pensarme desde ahí, en que simplemente viviría sin esa pregunta de fondo. No pasó así.
Lo que sí pasó, en este último ¿par? de años, es algo menos espectacular: un cansancio profundo. Un hartazgo de dedicarle tanta energía a una lógica que nunca termina de devolver lo invertido. No llegué aquí por iluminación, llegué porque estoy cansada. Cansada de negociar conmigo misma frente al espejo, frente a la foto, frente a la expectativa ajena y propia.
Como la mayoría, he dedicado muchísimo tiempo a pensar si soy fea o no. No como una inquietud superficial, sino como una pregunta que organiza decisiones, afectos, violencias pequeñas y constantes. La balanza casi siempre se inclina a que sí. No porque tenga una certeza sólida al respecto, sino porque así funciona el cálculo cuando una vive dentro de un sistema que compara todo. Pero con la edad (¡aleluya!) también empiezan a aparecer otras herramientas para entender que la belleza no es un atributo individual, sino una construcción profundamente atravesada por clase, raza, edad, género. Una hegemonía muy específica a la que se le invierte tiempo, dinero, dolor y deseo.
En alguna sesión de psicoanálisis, mi loquera lo dijo más como provocación que como consejo: “Si tanto te interesa, ¿por qué no le inviertes?”. El guiño era evidente y un poco incómodo. No hay mujeres feas, sino pobres. La frase circula como vox populi, cargada de verdad, clasismo y violencia al mismo tiempo. Pero tiene algo, o mucho, de cierto. En realidad, la belleza se puede trabajar y se puede producir. Esa es la verdadera trampa.
Y yo, como tantas otras, entré de lleno en esa trampa. Lo he intentado desde que tengo memoria. Y no en un intento ligero ni simbólico, ha sido un intento disciplinado, sostenido, serio. Y aun así fallé. Fallé, además, dejándome una herida profunda de TCA que todavía aparece como recordatorio de hasta dónde puede llegar el cuerpo cuando se le empuja a obedecer.
Por eso la ¿iluminación? de este texto es que ahora que estoy llegando al cuarto piso pareciera que la pregunta dejó de ser si soy fea y se convirtió en otra, mucho más concreta y realista: ¿Cuánto tiempo estoy dispuesta a invertir? ¿Cuánto dinero? ¿Cuánta energía mental? Y la respuesta, al levantarme todos los días, es: no, no estoy dispuesta. O al menos cada vez menos.
Cada vez soy menos tolerante a comer solamente vegetales, a gastar en ropa cara y de moda (que además no me queda), al dolor de la depilación, a dedicar minutos, aunque sean minutos, a ponerme rubor o polvo antes de cada junta por estrés de no verme “arreglada”, a caminar torpe en tacones (y no poder correr de la policía cuando sea necesario), a planear el cuerpo como si fuera una estrategia de posicionamiento. Y por el contrario, cada vez más cómoda llegando a las juntas en tenis, con la cara lavada, confiando en que lo que importa es lo que digo y no cómo me veo, aun sabiendo que eso no siempre es verdad, pero queriendo actuar como si pudiera serlo. También a salir “mal” en la foto y enfocar la atención en lo bien que me la pasé. A no corregir cada ángulo, cada gesto, cada rastro de cansancio. A dejar que el registro visual falle un poco sin que eso arruine la experiencia.
No estoy completamente ahí. Hay días terribles, días en los que pienso que sí debería invertir más, que sería más fácil, más amable con el mundo, menos incómodo. Y hay otros días, más silenciosos, en los que llego a lugares cómodos y felices haciendo exactamente lo contrario.
No es una victoria política ni una reconciliación profunda con mi cuerpo. Es una renuncia práctica que se ensaya todos los días. No quiero seguir invirtiendo en parecer algo que nunca termina de alcanzarse. No porque no pueda, sino porque no quiero. Y en un sistema que insiste en que todo se debe producir, no hacerlo, a veces, también es una forma de decidir.