impostora

Salirse del guión

Ene 7, 2026

La hiperdelgadez está de regreso. No como sorpresa, sino como recordatorio. ¿Vuelve? en las imágenes, en la moda, en la conversación cotidiana, como si el mundo insistiera en que ocupar menos espacio sigue siendo una virtud. Y yo, un año más, pensando en adelgazarme. No por falta de conciencia, sino porque seguir el guión no es solo obedecer: es aprender a desear lo que se espera que deseemos.

Este enero cumplo un año escribiendo este blog y este año también cumplo cuarenta años. Y con la edad aparece la consigna amable y filosa a la vez: cuarenta y fabulosa. Pero, ¿qué significa fabulosa? ¿Seguir siendo deseable para la mirada masculina? ¿Ser exitosa profesionalmente? ¿Tener una gran historia de amor o al menos una que funcione para el instagram? ¿Ser madre o explicar con gracia por qué no? ¿Saber envejecer sin que se note demasiado, anunciar el paso del tiempo pero no tanto, no de golpe, no de forma incómoda? La palabra promete libertad, pero funciona como un límite elegante: te deja avanzar siempre y cuando no te salgas del encuadre. Fabulosa no como posibilidad, sino como contrato.

Seguir el guión es hacer de la vida una ejecución correcta. Es medir el valor desde el cumplimiento, desde la coherencia, desde la legibilidad. Es amar como se espera, desear con moderación, habitar el cuerpo sin excederse, envejecer con gracia. El guión tranquiliza porque ordena, porque evita el vértigo de lo incierto, pero también estrecha. Deja poco espacio para la contradicción, para el cambio de opinión, para una vida que no quiera convertirse en ejemplo de nada.

En el cine, salirse del guión no es un error: es una apuesta. Improvisar es permitir que aparezcan palabras, gestos o silencios que no estaban escritos. El ad libitum rompe la rigidez de la escena y le devuelve verdad. Innovar es traicionar la fórmula, llevar la historia a un lugar menos cómodo, menos predecible. No hay garantías, pero hay movimiento. Pensar la vida así es aceptar que cumplir puede ser correcto y, aun así, profundamente limitante.

Tal vez por eso, mi deseo de año nuevo no tiene que ver con corregirme, sino con desobedecerme. Cuestionar todo lo que creo que “debería ser así”: el cuerpo, el amor, la edad, el éxito, los vínculos. Renunciar a la validación como brújula, incluso cuando se siente como perder el norte. Dudar de mis certezas como un gesto de cuidado. Dejar espacio para lo que todavía no sé cómo nombrar, aunque no sea aplaudido, aunque no encaje, aunque no se vea bien desde fuera.

Empiezo este año con una invitación, sobre todo para mí: atreverse al ad libitum. Decir lo que no estaba escrito. Habitar el cuerpo sin pedir disculpas. Quedarse en la escena incluso cuando no hay aplausos. Confiar en que la vida, como una buena historia, puede volverse más libre cuando dejamos de actuar para cumplir y empezamos, aunque dé miedo, a improvisar.

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