Dejé el psicoanálisis después de trece años. No porque no me sirviera: me sostuvo en mis quiebres más duros, cuando murió mi papá, cuando renuncié al trabajo que me dio identidad por más de una década. En esos momentos, pagar una vez por semana —dos cuando se puso muy dura la cosa— me parecía sensato, casi necesario. Había algo que “curar”, algo que “arreglar”, y yo estaba dispuesta a hipotecar mi quincena en el intento.
Lo raro vino después: cuando mi vida empezó a sentirse estable, incluso sana, el psicoanálisis se volvió un sinsentido. Me encontraba pagando lo mismo para sentarme a decir que estaba bien, y me parecía casi absurdo. ¿Cómo se habita un espacio analítico sin el trauma en primer plano? ¿De qué se habla cuando no hay herida urgente?
En estos trece años pasé por tres psicoanalistas. La primera me dio de alta tras la muerte de mi papá, como si hubiera un cierre posible. La tercera no: ahí entendí que a veces la decisión de terminar no la toman ellos, la tomas tú. Y en este último proceso, frente a mi cansancio de tanto sentir y pensar, la sugerencia fue ir con un psiquiatra, medicarme un poco, “bajarle al rant mental” para disfrutar más el análisis. No lo viví como un rechazo, ni como una falta de cuidado. Pero ahí confirmé que ya no conectaba con esa lógica. Que esta vez me tocaba a mí poner el punto final.
Y quizá ahí está el meollo: el psicoanálisis, desde Freud, nació con la certeza de que nunca se termina. Freud empezó escuchando a mujeres diagnosticadas con “histeria” en una Viena que no les daba espacio para nombrar sus deseos. Descubrió que había un inconsciente que siempre guarda más material, que nunca se agota. Lacan lo llevó más lejos: “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, decía, y el sujeto está marcado por la falta. En esa promesa —o condena— de lo inacabado descansa la fuerza del análisis: nunca se llega del todo, siempre queda algo más que decir, que interpretar, que pagar.
No es casualidad que el psicoanálisis se consolidara en la posguerra, cuando sociedades quebradas necesitaban sostén, ni que hoy, en un mundo igual de insoportable, la terapia (psicoanálisis, cognitivo-conductual, coaching disfrazado de mindfulness) se haya vuelto casi un mandato moral. Si no estás en terapia, ¿qué tan responsable eres de ti misma? Lo perverso no es solo la factura mensual, sino la certeza de que cualquier malestar debe resolverse en privado, pagando por hora, sin tocar las condiciones colectivas que nos enferman.
Yo también caí ahí. Y agradezco haber caído: me sostuvo cuando no había de otra. Pero ahora me incomoda pensar que aceptamos como natural gastar miles de pesos para “arreglarnos”, mientras todo alrededor sigue siendo inhabitable. ¿Y si el problema no somos nosotras? ¿Y si lo que falla es la vida como está organizada, y no nuestra capacidad de “alinearnos a sus sentidos”?
No sé bien qué significa esta pausa en mi análisis. No sé si regresaré un día, si lo retomaré con otra mirada, o si solo quedará como etapa cerrada. Lo único que sé es que hoy me permito habitar otras formas, más inciertas, menos obsesionadas con reparar. Y que, aunque duele perder identidades que parecían firmes —la del trabajo, la del diván—, me consuela pensar que tal vez nunca fueron sólidas. Eran espuma. Y está bien que cambien de forma.