impostora

La mejor versión de mí misma está agotada

Ene 23, 2025

Nos dijeron que siempre debemos aspirar a una versión mejorada de nosotras mismas. Esa persona que logra todo: trabajar 12 horas al día, liderar proyectos internacionales, estudiar una maestría, mantener relaciones sexoafectivas significativas y, además, encontrar tiempo para el yoga, la terapia y el meal prep. Nos vendieron la idea de que esta versión existe, que si nos esforzamos lo suficiente, podemos ser esa persona.

Lo intenté. Durante 13 años construí una trayectoria profesional que cualquiera calificaría como sobresaliente. Pasé de un puesto inicial a convertirme en directora asociada de una organización importante. Mientras tanto, lideraba hasta ocho proyectos al mismo tiempo y cursaba una maestría en derechos humanos, convencida de que era posible manejarlo todo.

Hasta que no fue posible.

Me quemé. No de la forma poética de «quemarse por una pasión», sino como una máquina que lleva años funcionando a máxima capacidad hasta que, un día, simplemente deja de hacerlo. Me convertí en alguien que producía resultados a costa de todo: mi salud, mis relaciones, y, lo más grave, mi capacidad de desear algo más allá del siguiente logro.

Renuncié. Me tomé seis meses para descansar, aunque descansar no es tan simple cuando te persigue la culpa por no ser productiva. Cada día libre venía acompañado de una sensación incómoda de estar perdiendo el tiempo, de no estar haciendo “lo suficiente”. Y cuando mis ahorros empezaron a bajar, esa culpa se transformó en una necesidad urgente de controlar el futuro. Así que decidí buscar trabajo.

Pero esta vez elegí diferente. Acepté un puesto de analista, un rol diseñado para alguien con menos experiencia que yo, con un salario muy por debajo de lo que ganaba antes. No lo hice porque no tuviera opciones, sino porque este trabajo representaba algo que no había tenido en años: calma. Era una manera de volver a lo esencial, de trabajar sin la presión de liderar o cargar con responsabilidades imposibles. Elegí algo que me permitiera reaprender a habitar el mundo laboral desde un lugar más liviano.

El primer año fue un desafío. No porque el trabajo fuera abrumador, sino porque tuve que enfrentar mi propia soberbia. Creí que no habría nada nuevo que aprender, y estaba equivocada. La curva de aprendizaje fue un recordatorio de que incluso en los espacios más tranquilos, todavía hay lecciones que tomar.

En ese proceso entendí algo crucial: mi «mejor versión» estaba agotada porque nunca fue realmente mía. Era un ideal impuesto, una narrativa que glorifica la productividad, el control y el éxito como las únicas formas de valía. Una narrativa que ignora nuestras relaciones, nuestra salud y el simple placer de existir sin perseguir nada.

Hoy no quiero ser la mejor versión de mí misma. Prefiero ser una versión que respire, que valore las pausas tanto como los logros, que entienda que «esto es suficiente» no es una derrota, sino un acto de cuidado. Prefiero una vida donde el deseo tenga espacio: el deseo de ver a mis amigas, de leer sin propósito profesional, de elegir mi vida en pareja como un plan igual de valioso que el trabajo.

La idea de que siempre podemos con todo nos ha hecho daño. No siempre podemos, y eso no está mal. La mejor versión de nosotras no está en una cima de logros, sino en los momentos donde soltamos lo que no nos corresponde y hacemos espacio para lo que nos importa.

Este blog es mi manera de seguir soltando. Es un lugar donde escribo para reconectar conmigo misma, sin la presión de ser perfecta, solo con el deseo de encontrar algo que me haga sentir viva.

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